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Los Amigos de Mamá (I)

Relato enviado por : la gatita interior el 25/02/2012. Lecturas: 16024

etiquetas relato Los Amigos de Mamá (I)   Maduros .
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Resumen
Cadela (15) entra a un mundo de adultos donde escapar de la vida sexual será muy complicado.


Relato
Yo era muy jovencita y poco entendía del sexo y el amor. Mi madre fue quien me abrió las puertas a un nuevo mundo, donde la castidad no existía tampoco el pudor. Tenía 15 añitos en ese momento. Mi cola no había sido penetrada todavía. Mis tetas, aunque muy manoseadas, no habían sido besadas lo suficiente. Y había hecho el amor 5 veces, nada más, ¡las tenía contadas! Había terminado con mi novio por insistencia de mi mamá.
Mi primer paso a este círculo sexual fue inconscientemente, cuando acepté que un amigo de mi mama me alcanzara hasta el colegio. Él iba para aquel lado, a mi me ahorraba pasajes en colectivo. Eran 20 minutos todas las mañanas en que estábamos juntos. Por alguna razón los dos habíamos hecho el silencioso acuerdo de no decirle a mama. Hablábamos poco, trivialidades del día, nos alcanzaba con saber que estábamos solos pero ninguno de los dos se animaba a avanzar. Ahora que lo recuerdo me parece ver su cara de demonio con una barbita de 5 días, despeinado, de unos treinta y tantos.
Desde hacía tiempo que cuando viajaba apretaba bien mis muslos, tenía miedo de que él se diera cuenta que me mojaba. Estaba llena de inseguridades, y su presencia me incomodaba, aunque me encantaba su compañía.
Cierta tarde Leandro fue a casa, buscaba a mi mamá, yo me encontraba sola y le hice pasar. Mi corazón estallaba de alegría ante aquella visita. Mi papel era de anfitriona y yo debía demostrar que era adulta.
- ¿Querés unos mates?
- No, no. Ya me tengo que ir. Disculpa Candela, ¿estabas muy ocupada? – dijo esto mirando unas fotografías sobre la mesa. En ese momento se me ocurrió algo…
- Para nada. Estaba ordenando unas fotos… Ah, ya sé. Si no es mucha molestia… ¿podrías ayudarme a bajar una caja? Esta en un estante muy alto y tengo miedo de caerme de la escalera.
- Está bien-. Le indiqué el camino, yo me movía delante del el por un pasillo, trataba de mover mi cadera como un péndulo como las mujeres de las películas. Por suerte, ese día, me había vestido con una falda corta floreada y una musculosa blanca que dejaba ver generosamente mis dones- ¿Querés que suba yo?
- Es mejor que lo haga yo, no se cual caja es y tengo que revisarlas.
Subí la escalera consciente de que le estaba ofreciendo el mejor de los paisajes, y sentí humedecerse mi culotte. En ese momento temí, porque no sabía si él podría ver que me había mojado, apreté mis nalgas en un intento de calmarme, pero no funcionó ya que mi calor aumentaba imparable. Me dije a mi misma que yo me había metido en el lío y que debía continuar con aquello.
Tenía cerca tres cajas y resulto ser a ultima la contenedora de las fotos. Era una caja mediana lo que no constituía un gran peso. De todas maneras se la alcancé a Leandro pidiéndole que la dejara en el suelo y volviera a sostener la escalera. Baje de espaldas a la escalera y quedé entre los brazos de él, que aun la sostenían. Ninguno de los dos dijo nada, el no se apartó y yo tampoco se lo pedí. Me costaba mirarle a los ojos por lo que pude apreciar la elegancia de sus finos labios. Pensé en lo que sería un beso de aquel hombre.
- Que linda faldita- comentó.
Le miré a los ojos. Lo sentía desnudarme, un estremecimiento me recorrió todo el cuerpo, mi respiración se entrecortaba y mi pecho bajaba y subía a mil. Se me pasaron mil cosas para responderle, pero mi fuerza fallaba y solo deseaba entregarme a él. Levante mi manos y le arreglé el cuello de la camisa, cuando lo hice una sonrisa brotó de sus labios.
En ese momento oí llegar a mi madre, esta inoportuna interrupción me asustó y tuve que reunir todo el valor que tenía para contestar que estaba con su amigo en la parte de atrás de la casa. Leandro fue en busca de mi madre y yo me tomé unos segundos para respirar libremente.
Cuando llegué a la cocina encontré a Leandro y mamá charlando con total naturalidad. A él no se le movía un pelo, llegué a pensar que no sentía nada por mí y lo ocurrido en el pasillo era imaginación mía. Dejé la bendita caja con fotografías en la mesada y miré mi reflejo de la ventana. Se me veía confundida, sonrojada y algo despeinada, mi mamá parecía ignorar estos detalles que indicaban que algo había ocurrido antes de su llegada.
Fui al comedor a continuar mis ocupaciones cuando llegó un mensaje de texto a mi celular.
“Mañana es mi cumpleaños. Leandro.”
“Feliz cumple… =)”
“Sabes cuál es mi deseo? Vos!”
Mis ojos no podían creer lo que leían. ¿Era el mismo Leandro que me escribía y charlaba con mamá al mismo tiempo? No me costó enviar:
“concedido”.
No me llego ningún mensaje más y cuando se despidió lo hizo con un guiño. Esa noche me acosté reviviendo los sentimientos de esa tarde. Agradecí al cielo por evitar que mi madre se enteré de aquello.
Desperté a las 7, miré la pantalla de mi celular rogando un mensaje de Leandro. Releí su mensaje “sabes cuál es mi deseo? Vos!” y en secreto mi corazón latió por él con más fuerza. Salí a la calle 7:30 no sabía si debía esperarlo en la esquina, como siempre, o quizás el no me llevaría al colegio nunca más. Mis nervios decían que no debía viajar más con él, que caminara, que subiera al colectivo, lo que sea. Por otra parte deseaba fervientemente verlo y continuar mi intriga. Finalmente vi su auto detenerse al lado mío y sin pensarlo me subí.
Nos miramos, como saludo. No sabía que decir por lo que me mantuve callada. El sonreía, fingía que nada de lo de ayer hubiera pasado, fingía que no sentía nada por mí. Acepté triste mi derrota romántica cuando, en vez de subir a la autopista, tomó la calle Santa Fe. Mi corazón se paró de miedo mientras él decía:
- Hoy no hay clases, Candela.
- ¿D… dónde vamos? – me atreví a preguntar.
- ¿Sabés que día es hoy?- me pregunto haciendo caso omiso a mis palabras. – ¡¡¿Sabes que día es hoy?!!
Parecía sobre excitado, sonreía de oreja a oreja y manejaba como un loco.
- ¿T…tu cumpleaños...? – responderle bien le calmó y su cara se transformo a la del tranquilo diablito que yo conocía. Me atreví a sacar el tema: - ¿Es verdad? Lo del deseo…
En ese momento estacionaba, bajó del auto y me dirigió una sonrisa angelical. Me abrió la puerta con una reverencia. Bajé con cuidado, aunque podría haber sido víctima de un accidente automovilístico me sentía segura en el auto. Si bien Leandro se comportaba como un caballero podría volverle la locura anterior, ante todo, no debía hacer nada que le enojase.
Nos tomamos de la mano y caminamos unos metros, entramos a un departamento muy bien amueblado y espacioso. En el hall tomó mi mochila y abrigo que los colgó de un perchero cerca de la puerta, sonrió y me abrazó. En ese abrazó sentí cuanto me deseaba y sentí cuanto me amaba, al menos eso creí sentir. Me relaje y decidí disfrutar de la situación. Me encontraba con ese hombre treintañero que dominaba cada uno de mis sentidos, a solas, y el estaba ¡abrazándome!
De repente, se separó de mí, me miró con dulzura y fundió sus labios en los míos. Sentí que sus manos recorrían cada centímetro de mi espalda y bajaban, temerosas de tocar más. Devolví cada beso y deje que su lengua penetrara en mi boca. Le abrazaba el cuello y acariciaba su cabello, despacio caminamos hasta la sala. Donde él se interrumpió para decir:
- Si, hermosa, era verdad… Te deseo con toda mi alma. – me senté en un gran sillón, no podía creer lo que sucedía. – ¿Y vos? ¿Me deseas?
Asentí con la cabeza, hice lugar para que se sentara Leandro. Nos volvimos a besar con una fogosidad digna de retratar. Yo era muy pequeña para su gran cuerpo y me manejaba con facilidad, con un simple movimiento de manos me situó sobre él con las piernas abiertas. Sus manos comenzaron a bajar de mi espalda, levantaron la falda plisada del colegio y se posaron en mi cola. Intenté sacarla más, para que él viera que yo estaba dispuesta a entregarme. Con sus largos y huesudos dedos corrió la tanguita que me había puesto esa mañana y que ya estaba irremediablemente mojada. Entre besos murmuró algo que no entendí y recorrió con un dedo todo el largo de mi ranura, untándose en mi humedad. Con la otra mano me forzó a sentarme sobre él y su calor íntimo llego hasta mí. Me acerqué a aquel bulto y froté mi cuerpo en él, lo sentía grande, duro y caliente.
Leandro despertó de su ensimismamiento de placer y me hecho a un lado del sillón. Con aire aturdido y preocupado busco su celular y marcó un número.
- Hola, ¿secretaría? Sí, soy el tío de Candela Menéndez. – me sonríe picaron- Si… ella va a faltar a clases hoy, esta con un dolor de estomago que la mata ¿Sabe? Si… su número de D.N. I es 37372693… si… si, su madre me dio la clave… Lapislázuli… si... si… Buen día a usted. Muchas gracias.
- ¿Mamá te dio el código?
- Hace tiempo, por si a ella le pasaba algo. Jamás pensé que iba a ser tan útil, ¿no? Jajaja. ¿Dónde están mis modales? ¿Te enseño el depa?
- Mejor enseñame la cama… - sonreí fingiendo ser adulta.
La cuestión es que eso le gusto puesto que me alzó y me tiró en una gigante cama matrimonial. Tras eso se quito la camisa dejando a la luz un maravilloso cuerpo. Saltó al lado mí, pero ya no era un delicado caballero se había convertido en el cuerpo del deseo y sus ojos estaban fijos en el valle entre mis pechos. Me sentí deseada, y halagada, con rapidez desabroche los primeros botones de la camisa. Leandro se arrojó voraz a comer el dulce que le ofrecía.
Sus manos recorrían todo mi cuerpo y al pasar una de ellas por mi monte de Venus se detuvo. Recordó que aún existían muchos tesoros por descubrir y, abriendo mi camisa, se hizo paso con sus labios hasta el sur de mi cuerpo. Su lengua no tardo en recorrer los sitios que un día atrás el había deseado hasta desquiciarse al pie de una escalera. Mi respiración estaba entrecortada, de mis labios no salían más que gemidos de placer, tiraba del cabello de Leandro y luego aplastaba su cabeza contra mi cuerpo. Me retorcía ante tantas caricias y en un arrebato de fuego sentí que mi cuerpo entero recibía una descarga de electricidad que tensó y luego relajó todos mis músculos. Seguido a esto quedé tendida allí mientras Leandro bebía de mi cáliz de amor.
Esa fue la última imagen que recuerdo, supongo que me dormí. Desperté desnuda y al lado mío él. Dormía boca arriba y a través del pantalón se notaba su miembro erecto. Pensé en el goce que me había dado y que no yo le retribuía nada. Entonces me incliné sobre su ingle y extrayendo cuidadosamente ese instrumento comencé a lamerlo. Lo metí en mi boca y lo sorbí, descubrí que esa delicada parte del cuerpo podía estirarse más. Me entusiasmaba ver algo tan grueso y largo por lo que empecé a tragarlo con más ímpetu. Había logrado meterlo todo en mi boca cuando sentí dos grandes manos que hacían presión en mi cabeza. Me sostuvieron con fuerza y me movían al gusto de ellas. Miré a Leandro, tenía esos ojos de fiera que tanto temí ver. Se mordía el labio inferior y me miraba tragar todo su pene una y otra vez.
- Eso, putita, no cierres la boca, Candela. ¿Te gusta chuparla? ¿Te gusta despertarme? Comela, puta, tragala toda.
No paraba de insultarme y tratarme de puta. Sentía que me hacía daño y lagrimas comenzaron a brotar de mis ojos. Eso le gustaba a él y me dio más duro, si era posible. El gemía miraba como lloraba. De vez en cuando sostenía mi cabeza y con una mano y con la otra apretaba y pellizcaba mis senos. Repentinamente me quitó de allí, dejándome arrodillada a su costado, se paro sobre la cama colocando su sexualidad en el máximo esplendor en mi cara y me obligo a tragarla de nuevo. Volvió con los bruscos movimientos y yo volví a llorar, finalmente una explosión liquida llenó mi boca y él se separo de mí. Junto el semen que chorreaba de mi boca con un dedo y me lo hizo chupar. Yo, desnuda y ultrajada, me recosté en la cama hecha un ovillo mientras el salía de la habitación.
Aparecí ya vestida en la sala, solo pensaba en irme, huir de allí. Leandro estaba sentado mirando la tele.
- ¿Ya estas vestidita, mi amor?
- Quiero irme.
- ¿Tan pronto? Si faltan tres horas para que termines las clases, jajaja.
- Quiero irme.
- Pero si yo te deseo tanto…
- Ya.
Él dudó, parecía no entender cuál era la causa de mi enojo. Me miró con dulzura, se acercó a mí y me abrazó. Yo me quedé quieta, en mi lugar. Comenzó a juguetear con mi pelo, me besaba toda la cara, me miraba y se reía, me mimaba, me hacía cosquillas. Terminé liberándome y jugando con él a los mimos. No podía entender cuál era la causa de sus cambios, pero adoraba a este Leandro. Me acompañó a su auto poniéndose la camisa. Estábamos por arrancar cuando se entregó a besarme con pasión. Él me pidió una felación, yo lo miré con curiosidad ¿es que no recordaba la primera? Me insistió tanto que bajé el cierre de su pantalón y me puse a hacer con amor lo que con tanto odio había hecho minutos atrás. Él se puso a manejar y yo llegué al colegio diciendo que me sentía mejor y que no quería perder más horas de clase. Nadie dudó de mí, ya que tenía un aspecto terrible.
Este hecho cambió un antes y un después, ya que todas las mañanas en vez de desayunar en casa tomaba la leche en el auto de Leandro.


Quizás crean que esto a sido light. Prometo que lo que está por venir es bravo, ya que Candela se verá con José, de 60 años, ¿Quién es él? ¿Cómo lo conoce? Lo sabrán en la próxima entrega.

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